Se han acabado las Navidades. Para algunos este hecho implica una tregua del consumismo, hasta el año que viene. Para la mayoría, en cambio, el final de las Pascuas significa el inicio de las rebajas, un acontecimiento nacional (si no mundial) que bien podría considerarse ya una fiesta más en España.
Desde que tengo unos diez u once años he comprado regalos en Navidad. Para mis padres, para mi hermano, para mis amigos... Los primeros años era fácil, porque nunca antes había regalado nada a esas personas y tenía más ideas que dinero para gastar. A medida que pasaba el tiempo, sin embargo, la inventiva se extinguía y acababa recurriendo a soluciones de última hora, de ésas que sabes que no apasionarán al receptor del regalo o que, incluso, querrá cambiarlas. Regalos sin alma, sin personalidad, fútiles objetos vacíos que sólo sirven para alargar la lista de posesiones materiales. Ésas que, en teoría, nos dan la felicidad, o contribuyen a ella.
Educados como estamos en la sociedad del consumismo, no debería extrañarme lo que he presenciado hoy. Como cada lunes, he colaborado con un programa de radio, V-7. El tema del día planteaba una pregunta: qué es para ti tener éxito en la vida? Reconozco que me he asombrado cuando los oyentes, llamando por teléfono y conectándose al Facebook, respondían uno tras otro lo mismo: tener dinero y hacer lo que me dé la gana. Después de oír la misma respuesta sin cesar, durante la llamada de una mujer he hablado: el dinero no da la felicidad. Un tópico, sí, pero es algo en lo que creo firmemente. Pero ayuda a conseguirla, ha dicho ella. Yo he expresado mi desacuerdo y, entonces, otro colaborador del programa ha intervenido: con dinero, todo se puede comprar.
¿Ah, sí? ¿También la felicidad? ¿El amor, la salud? ¿Cuántos ejemplos de ricos y famosos conocemos en los que éstos, a pesar de que lo tenían todo, han acabado suicidándose, drogándose, peleándose con su familia o arruinándose? Creo que, hasta esta mañana, no era consciente de cuán enfermizo es el pensamiento general de la sociedad, que se podría basar en que cuantas más posesiones y dinero tienes, más feliz y exitoso eres. En Occidente, tener = ser. Si no tienes, no eres nadie. Por eso debes comprar, consumir, gastar, aunque no necesites. Compra regalos, aunque a quien regalas lo tenga todo o no te haya informado sobre sus gustos, porque es tradición y si no lo haces quedarás como un tacaño. Cómprate ropa en las rebajas, aunque tengas el armario lleno a más no poder, porque es costumbre y tu ropa se ha pasado de moda. ¿Te ha hecho eso más feliz? ¿Has salido de la tienda habiendo incrementado tu medidor de bienestar?
Otras culturas nos enseñan que no hay que complicarse tanto la vida. Para ellas, tener no es igual a ser; más sencillamente, ser = ser. Cuando viajamos a países subdesarrollados o en vías de desarrollo nos asombramos al ver la sonrisa imperturbable en la cara de los niños o la hospitalidad y la generosidad de los adultos, así vivan sin televisor o comiendo dos veces al día. La felicidad no se basa en la abundancia material: ésta es una mentira que nos han inculcado desde que nacemos y que tenemos que superar. La felicidad se fundamenta, más bien, en la abundancia espiritual, en el autoconocimiento, en la estabilidad emocional, en unos valores dignos y arraigados y en el saber dar y recibir amor. Un amor que no necesita demostración con obligados regalos desprovistos de significado.
Por mi parte, estas Navidades han sido las primeras en las que no he regalado nada a nadie. Miento: solamente a una persona, pero no por compromiso sino porque sabía que eso le gustaría, y lo habría hecho fuera Navidad o no. Quizá el secreto radique en eso, en regalar cuando nos nace y cuando algo nos dice que es lo más acertado. Los mejores regalos son los que nos hacen cuando menos lo esperamos.
Por cierto, nadie ha dejado de quererme por no recibir un regalo de mi parte.
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris felicidad. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris felicidad. Mostrar tots els missatges
dilluns, 10 de gener del 2011
diumenge, 19 de desembre del 2010
El monje que vendió su ferrari
Admito que eran muchas mis reticencias a leer este libro. Por lo general, desconfío de los best-seller, traten la temática que traten. Mis ganas de leer una obra literaria menguan cuanto la prensa y la masa social más se encargan de ensalzarla y publicitarla. En fin, prejuicios que, quizá, debería perfilar, dado que en este caso me han fallado.
Encontré este pequeño librito en la mesa del comedor de casa de mi padre. Andamos en periodo de exámenes y de entrega de trabajos y, la verdad, cualquier distracción me sirve de excusa para no ponerme a la faena. Así que tomé el cuaderno entre mis manos, esperando que dos páginas fueran suficientes para convencerme de que era más productivo coger los apuntes de la carrera y memorizarlos con todos sus puntos y comas.
Si bien los primeros párrafos no me aportaron nada nuevo, algo me impulsó a seguir leyendo. La historia que este libro cuenta es la de Julián, un abogado exitoso que, sin embargo, está vacío interiormente. Un ataque cardíaco que casi acaba con su vida le hace desaparecer del mapa: John, uno de sus compañeros de trabajo y narrador en primera persona, le pierde la pista.
Pasan tres años y Julián reaparece para visitar a John. A partir de entonces, se abre un diálogo entre ambos personajes en el que Julián instruye a John sobre todo lo que ha aprendido durante esos años en los que ha convivido con los Sabios de Sivana, en la India.
A través de las siete virtudes para una vida rebosante de paz, Julián muestra a John el camino del desarrollo personal. John es la encarnación de aquellas personas que siguen el flujo de una vida lineal, superficial y material, y que no creen en la transformación del cambio personal porque sus creencias se lo impiden. Sin embargo, a través de unos sencillos consejos llenos de autenticidad y revelación, John acaba confiando en las palabras de su amigo y se entusiasma con la perspectiva de crecer en todas las áreas de su vida.
El monje que vendió su ferrari es un libro imprescindible para todo aquel que, como John, no se haya iniciado todavía en el autoconocimiento personal y el desarrollo de su yo. Sus 209 páginas condensan las principales ideas, tan sencillas como poderosas, que uno debe tener en cuenta para empezar el apasionante camino del crecimiento personal. Por si fuera poco, en el libro se explican algunas técnicas básicas para saborear, en poco tiempo, un poquito de ese dominio mental, espiritual y emocional del que la gran mayoría carecemos.
Las siete virtudes de las que habla Robin Sharma, el autor del libro, son, en esencia, las siguientes:
1. La dominación de la mente: la calidad de tu vida viene determinada por la calidad de tus pensamientos. Somos creadores y responsables de todo lo que ocurre en nuestra vida.
2. La persecución de los objetivos: el propósito de la vida es una vida con propósito. ¿Cómo sabemos si hemos llegado si no sabemos adónde vamos?
3. El poder de la reflexión: pensar acerca de nosotros mismos, conocernos, reflexionar cada día, atrevernos a cambiar de hábitos, practicar la flexibilidad.
4. La disciplina.
5. El respeto del tiempo propio: dejar de vivir de forma acelerada, disfrutar del momento. Debemos aprender a gestionar nuestro tiempo, a priorizar.
6. El servicio a los demás: elevando la vida de los demás, la vida propia alcanza las más altas dimensiones.
7. La conciencia del momento presente: el secreto de la felicidad es vivir el presente, ser conscientes de que somos capaces de cultivar nuestro futuro.
Todos estamos aquí por una razón especial. Deja de ser un prisionero de tu pasado: conviértete en arquitecto de tu futuro. (Robin Sharma)
En resumen, una lectura imprescindible para quienes quieran adentrarse en el mundo del desarrollo personal (además de una oportunidad para reflexionar acerca de mis prejuicios...).
dilluns, 13 de desembre del 2010
Ser o no ser carne de cañón para las circunstancias
Yo soy yo y mis circunstancias. (Ortega y Gasset)
José Ortega y Gasset
Mmm... qué frase tan repetida y trillada. La oímos aquí y allá, una y otra vez. Muchos estaréis de acuerdo con ella. Yo hoy me he propuesto desmentirla.
Me he dado cuenta de algo: a los seres humanos nos encanta quejarnos. Todos conocemos a alguien que parece experto en sacar el lado negativo de cualquier circunstancia. De hecho, si lo pensamos bien, de cualquier circunstancia podemos extraer tanto una visión positiva como su antípoda negativa. En mi opinión, uno de los ingredientes de la felicidad es saber encontrar la parte positiva de todo lo que nos pasa. Incluso si nos equivocamos o si lo pasamos mal en algún momento, podemos aprovechar la incomodidad para aprender y no volver a tropezar con la misma piedra.
El modo en que vemos el problema es el problema. (Stephen R. Covey)
Las circunstancias. ¿Qué son las circunstancias? Son todo aquello que pasa ahí, en ese enorme escenario que está fuera de nosotros. Son la lluvia que inunda los suelos en abril, la cara de pocos amigos del vecino y el autobús que acabas de perder. Las circunstancias las crean las personas y también la naturaleza. En algunas podemos influir, como cuando decidimos contarle un chiste a nuestro primo para que se anime porque le ha dejado la novia; en otras, como el tiempo atmosférico o el paso del tiempo, de momento no.
Lo que sí que podemos hacer bajo cualquier circunstancia (o mejor, sobre cualquier circunstancia, que nos da más poder) es decidir de cómo y cuánto queremos que nos afecten las circunstancias. Nosotros, seres a los que se nos ha dado una razón y un cerebro que tiene más función que la de llenar nuestro atontado cráneo, tenemos dos opciones:
- Ser la escultura de las circunstancias: deprimirte cuando alguien cercano a ti se deprime, ponerte de mal humor cuando llueve, enfadarte cuando alguien te hace una broma, etcétera.
- Ser escultor de tus reacciones ante las circunstancias: mantenerte en un estado positivo aunque tu novio esté deprimido (porque, además, una persona no puede ayudar a otra poniéndose a su mismo nivel: ha de hacerlo desde uno más elevado, desde un estado OK), alegrarte cuando llueve porque podrás pisar los charcos, o estrenar un paraguas, o cualquier razón que se te ocurra; salir desde tu sentido del humor cuando alguien bromea sobre ti o contigo, etcétera.
Si hay algo que me descoloca profundamente, son esas personas que van de un estado de euforia absoluta a otro de caos desesperado. Además, sé reconocerlas porque yo actué de ese modo durante muchos años. Personas a las que un comentario negativo sobre ellas (proveniente, a veces, de alguien a quien ni siquiera conocen) consigue influir en su estado anímico durante horas... hasta que una llamada telefónica de un amigo con quien hace tiempo que no hablaban les da el subidón del siglo y les coloca en un estado de intensa "felicidad". Y pongo felicidad entre comillas porque, definitivamente, no me creo el discurso de que son esos pequeños momentos los que dan la felicidad, blablabla. La felicidad es algo que sustenta nuestro "espíritu", una identidad constante y serena que no necesita de risas desenfrenadas ni frases que quedan como un broche a quien las pronuncia (qué feliz estoy, qué felicidad siento).
La felicidad no es un estado. Nadie puede estar feliz: se es feliz. Y cuando alguien es feliz le importa un pimiento que llueva, que truene o que venga un tsunami a llevarse su casa.
El error más común consiste en confundir placer y felicidad. El placer, dice un proverbio indio, "no es sino la sombra de la felicidad". (Matthieu Ricard)
![]() |
| Matthieu Ricard |
Para mí, esa primera línea base es el quid de la cuestión. Si nos construimos una base de felicidad, paz y armonía, seremos felices pase lo que pase en nuestra línea superficial. Aunque a veces las circunstancias no nos sean del todo favorables, nuestro estado profundo será de calma y felicidad. Y tejer esa línea de forma fuerte y consistente necesita de un proceso.
Buscar la felicidad fuera de nosotros es como esperar el sol en una gruta orientada hacia el norte. (Adagio tibetano)
La felicidad nunca provendrá de algo externo. La felicidad la creamos nosotros mismos con los recursos internos que tenemos. Así que, en lugar de enfocarnos en poseer más y más pertenencias materiales y moldear nuestro aspecto externo, deberíamos centrarnos en flexibilizar y cambiar nuestras reacciones ante las circunstancias. Un buen ejercicio es fijarnos en un patrón de reacción que repitamos mucho y modificarlo la próxima vez que se nos presente la oportunidad.
Y claro que al principio es más fácil y más cómodo ver el lado negativo de todo, si ése ha sido nuestro patrón durante toda la vida. No está bien visto sonreír cuando todo va mal. Quejarse es la salida preferida por muchos, porque además nos libera de toda culpa al echársela a las circunstancias. Pero no, amigos. Somos responsables de todo, de absolutamente todo lo que nos pasa. Somos creadores de las circunstancias y de lo que decidimos hacer con ellas. La queja es sólo un paso atrás en la consecución de nuestro objetivo, cualquiera que sea.
Centra tu atención en el ahora y respóndeme: ¿Qué problema tienes en este momento? (Eckhart Tolle)
¿Yo soy yo y mis circunstancias? No del todo. Desde hoy, yo soy yo y lo que hago con mis circunstancias.
diumenge, 31 d’octubre del 2010
Conciencia
Conciencia: voz interior que nos avisa que alguien puede estar mirando. (H.L. Mencken)
¿“Consciencia” o “conciencia”? Ambos vocablos provienen del latín conscientia (literalmente, “con ciencia”, con conocimiento), pero hay algunas diferencias en cuanto a sus usos y significados. Estas diferencias dependen, también, del contexto y de las fuentes consultadas. Por ejemplo, al consultar “consciencia” en la Real Academia Española, ésta la equipara a “conciencia” y añade dos acepciones más:
2. f. Conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones.
3. f. Capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento.
En cuanto a “conciencia” sin s, la RAE apunta lo siguiente:
1. f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta.
3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas.
El psicólogo Peter Wrycza resume la ligera distinción entre ambos conceptos en su libro “Darse cuenta”: “Por <<conciencia>> nos referimos a lo que en inglés se llama <<awareness>>, es decir, <<darse cuenta, tener conciencia de lo que sucede>> (más específicamente, <<darse cuenta de lo que nos damos cuenta>>); y por <<consciencia>>, en inglés <<consciousness>>, a la actividad cognitiva que implica una participación consciente y cognitiva de la mente. La <<consciencia>> está más relacionada con el raciocinio y el pensamiento lógico; la <<conciencia>>, en cambio, no implica actividad racional y es más intuitiva>>”.
En los libros y cursos de desarrollo personal estos términos se intercambian frecuentemente, aunque los autores y formadores prefieren utilizar “conciencia” por lo explicado en el párrafo anterior. Como podemos leer en la tercera acepción de la RAE para “consciencia”, la persona hace uso de esta capacidad para “juzgar”, para juzgarse; la “conciencia”, sin embargo, no valora, sino que contempla y siente. Cuando ponemos en marcha la conciencia, la mente se vacía y deja de emitir juicios de valor. Las ideas preconcebidas y los prejuicios desaparecen y nos limitamos a recibir todo aquello que captan nuestros sentidos, por sutil que sea.
[En este bitácora diferenciaré entre "conciencia" y "consciencia". "Conciencia" será la que más utilizaré, debido a la temática que voy a tratar en este espacio -el desarrollo personal en diversos de sus ámbitos-. El adjetivo correspondiente a ambos términos es "consciente", con s, hecho que no significa que esté refiriéndome a la palabra "consciencia" sino que puede remitir a cualquiera de las dos, dependiendo del contexto].
Las personas no solemos practicar el estado de conciencia, y cuando lo hacemos no es conscientemente. La conciencia se manifiesta en tu vida cuando, por ejemplo, estás aprendiendo a conducir un coche y tienes los cinco sentidos concentrados en la causa: la vista no se desvía de la carretera, el oído atiende a las explicaciones del profesor… También aparece el estado consciente cuando te encuentras en medio de un examen en el que te juegas todo un curso: las manos notan, mediante el tacto, la textura rugosa del papel, y el gusto reconoce el sabor agrio de la boca reseca por los nervios. Es en esos momentos cuando la conciencia está a flor de piel: estás prestando atención a algo concreto y, a la vez, captas cualquier estímulo externo porque tienes los sentidos abiertos.
Debemos distinguir, también, entre ser consciente de lo que ocurre fuera de nosotros (acontecimientos externos) y ser consciente de lo que se mueve en nuestro interior (sensaciones, emociones: algo así como tener los sentidos vueltos hacia dentro). Ambas clases de estados implican una conexión profunda con el interior de uno, independientemente de hacia dónde fijemos nuestra atención.
La clave está en mantenerte permanentemente en un estado de conexión con tu cuerpo interno, sentirlo en todo momento. (Eckhart Tolle).
Además de los momentos de conciencia descritos anteriormente, hay muchos más en los que experimentamos estados conscientes más o menos profundos, y cada persona posee unos. Aquí van algunos entre los que, a lo mejor, puedas reconocer los tuyos:
- Cuando saboreas tu plato favorito.
- Cuando vas en bicicleta y notas el aire entrando y saliendo por tus fosas nasales, sientes la calidez del sol y oyes el sonido de la primavera.
- Cuando nadas en la playa y sólo parecéis existir tú y el agua que roza cada célula de tu piel.
- Cuando besas a la persona que amas y tus pensamientos se diluyen, y te dedicas a sentir el beso y las caricias mutuas.
- Cuando, en mitad de la clase de un profesor aburrido, te quedas como ausente. Tus músculos se relajan y los contenidos de tu cabeza se emborronan. Estás contigo mismo, sintiendo únicamente tu interior, pero si el profesor te llama la atención vuelves a tu estado natural en seguida.
- Cuando llegas a lo alto de una montaña y te paras unos minutos a contemplar la belleza del paisaje, disfrutándolo sin juzgarlo.
El estado de conciencia puede igualarse a “dejar de pensar”, “dejar la mente en blanco” o “meditar”. Está al alcance de todos -y de hecho lo alcanzamos sin darnos cuenta, como “por casualidad”-. En el estado de conciencia profunda sintonizamos con la esencia de nuestro ser y todo lo que nos rodea se torna alegre y positivo. Cuando somos plenamente conscientes de nuestro cuerpo y de nuestro entorno comprendemos el significado de la belleza, de la felicidad, de la libertad y de cualquier valor. Es posible que alguna vez hayas experimentado una sensación indescriptible e irreprimible, una euforia enérgica que casi puedes ver cómo fluye desde ti hacia fuera. Y es posible que, entonces, hayas pensado: “Esto es la felicidad”. En esos momentos la conciencia es absoluta: te reconoces como ser humano, te aceptas con todos tus defectos y estás abierto a recibir todo lo magnífico que hay en el mundo.
Algunos meses atrás, tras conocer a Eckhart Tolle y estudiar sus libros, me levanté y de repente lo supe: comprendí que el pensamiento es sólo algo ilusorio y que es responsable, si no de todo, de la mayoría de lo que sufrimos y experimentamos. Luego sentí que estaba contemplando mis pensamientos desde una perspectiva diferente, y me pregunté: "¿qué es esto? Qué raro es lo que me está pasando". Y de repente fui lanzado a este extraordinario y grandioso sentimiento de libertad de mí mismo, de mis problemas... Comprendí que soy más grande que lo que hago, más grande que mi cuerpo… que soy todo y todos. Que no soy un frragmento del universo, sino que soy el universo. Y desde ese día estoy intentando volver ahí. Viene y va... Es como surfear: las olas vienen, las olas van. Pero al menos sé que quiero ir y que quiero llevar a todas las personas que pueda conmigo, porque la sensación es maravillosa.
Esos estados duran segundos, minutos en el mejor de los casos. Muchas personas no los viven ni una vez en sus vidas. La mayoría de nosotros concebimos la vida como una carrera, y nos obcecamos en conseguir la medalla de oro. Nos fijamos un objetivo detrás de otro y pensamos que seremos felices y exitosos en cuanto los consigamos: “Cuando acabe la carrera, todo me irá bien”, “cuando consiga ligarme a X, mis autoestima subirá como la espuma y dejaré de tener preocupaciones”. No nos damos cuenta de que al final de la carrera de la vida sólo hay un premio, y ese premio es la muerte. La vida, en realidad, no es una carrera sino un camino, y ser conscientes nos ayuda a disfrutar del proceso en lugar de obsesionarnos con la recompensa. Mientras gastamos energías en anhelar algo que está por llegar –o, a veces, en recordar lo pasado, torturándonos por no haber actuado de forma diferente-, nos perdemos la belleza del entorno: los colores, los olores, las formas, la música de cada sonido… Ser conscientes nos ayuda a disfrutar de todo esto: nos da las claves para apreciar cada instante y cada átomo del universo.
A menos que haya una revolución universal en la esfera de la conciencia del hombre, nada mejorará nuestra existecia humana, y la catástrofe a la que se encamina este mundo será ineludible. (Václav Havel, presidente de la República Checa)
Subscriure's a:
Missatges (Atom)


