Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris desarrollo personal. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris desarrollo personal. Mostrar tots els missatges

dilluns, 7 de febrer del 2011

Astrología

Ayer acudí al Centro Uranium a lo que, pensaba, sería una charla sobre astrología. Lo único que conozco -o conocía- acerca de ella era el tema de los horóscopos, de la carta astral y poco más. Unos días antes estuve investigando por Internet para documentarme un poco, y acabé gastando una tarde entera en una página de cartas astrales gratis.

Nunca he sabido qué pensar sobre la astrología. Nunca he creído en los horóscopos de las revistas, más que nada porque -digan lo que digan- los escriben redactores aburridos o becarios asqueados. No me he aprendido las características de los signos más allá del mío ni he llamado a un tarotista para que me lea el porvenir.

Sin embargo, como no me gusta opinar de las cosas hasta que no las conozco -cosa que no quiere decir que a veces no lo haga, claro-, decidí ir a esta conferencia para ver si me explicaban un poco de qué va el rollo astrológico.

Siendo domingo por la tarde no esperaba encontrarme a mucha gente en aquel centro al que nunca antes había ido. Sí que conozco a su propietario, Sirio Simó, porque tiene una casa en Caudiel en la que hacen "retiros" y cursos, y una vez fui a uno de ellos.
 
"La escuela" de Caudiel
Pero me equivoqué. Allí fue entrando más y más gente, tanta que no había sillas para todos y la mitad hubieron de sentarse en el suelo. Me llamaron la atención varios hechos: el primero, que había más o menos la misma proporción de hombres y mujeres, cuando son éstas las más habituales en actos que toquen temas, digamos, espirituales. También me sorprendió la gran variedad de gente que había allí: hombres que superaban los cincuenta años, grupos de amigos que iban por recomendación de uno de ellos, parejas con pintas totalmente corrientes, el típico chico de 25 años que te encontrarías en un concierto de Obrint Pas... es decir, allí cabían todas aquellas personas que lo último que pensaríamos de ellas al verlas por la calle es que están interesados en la astrología.

El chico que impartía el "cursillo" no superaría los 35 años. También era muy estándar, por decirlo de alguna manera. Desde el principio dejó claro de qué iba la cosa: aquello no era una charla, se trataba más bien de una jam astrológica. Cada uno de nosotros teníamos que escribir en un papelito una cuestión que quisiéramos que una determinada carta astral nos respondiera y luego, entre todos, daríamos solución a algunas de ellas utilizando diversos métodos astrológicos.

Ahí ya me asusté un poco. Si yo no tengo ni idea de astrología, pensé. No importaba: en la otra cara del papel deberíamos poner un número del 0 al 5, significando el 0 un nivel nulo de conocimientos astrológicos. Aunque al principio temí ser la única "infiltrada" en aquella reunión de expertos de lo oculto, luego descubrí que había muchos más ceros como yo. Reconfortante.

Me costó tiempo pensar mi pregunta, porque si salía elegida sería interesante tener una respuesta esclarecedora a algo trascendente. Finalmente me decidí por ésta: ¿Hay algo más allá de la ciencia? En fin, no resultó escogida. Se suponía que iba a dar tiempo a tratar varias cuestiones, pero entre todos se enrollaron -digo que se enrollaron porque yo me limité a escuchar sin intervenir- con una pregunta y no dio tiempo a más. Dicha pregunta, elegida por votación democrática, era: ¿Qué lecciones de vida me quedan por aprender?

Ejemplo de carta astral
Para responderla, el conferenciante pidió un conejillo de indias que cediera su carta astral. Un hombre de iniciales M.B. se ofreció voluntario. El primero le calculó su carta astral con un programa informático, y explicó un poco algunos de los significados y simbolismos que contiene. Por ejemplo, señaló que los simbolitos que se encuentran entre los de la luna y el sol en el sentido contrario a las agujas del reloj representan las lecciones de vida que le quedan al alma por adquirir.

Mediante varias técnicas -preguntarle a los planetas de la carta, a los signos del horóscopo, a los aspectos- el conductor y los participantes más experimentados llegaron a las mismas conclusiones. El hombre parecía estar de acuerdo con las interpretaciones de la sala, desde las adivinaciones respecto a su niñez como las de su estado actual.

De la tarde de ayer saqué algunas conclusiones, todas basadas en el poco conocimiento que sigo teniendo de la astrología y en lo que expuso el astrólogo. Aunque me hace falta contrastar informaciones e investigar más, mis primeras impresiones son éstas:
  1. La astrología no es una ciencia "adivinatoria", sino interpretativa. No precide un futuro exacto, sino que da pistas sobre el comportamiento de las personas o de las sociedades atendiendo al movimiento de las energías del universo. Igual que los cambios de estaciones nos afectan psicológicamente, las interacciones energéticas del cosmos nos condicionan en cierto modo. 
  2. Mediante el conocimiento de las cartas astrales futuras se puede predecir a grandes rasgos aquello que va a suceder. Desde cuánto durará la rebelión en Egipto hasta cuándo saldremos de la crisis. Según el astrólogo -algo que fue secundado por otros asistentes-, todas las revoluciones, los cambios de paradigma, las guerras, etcétera, han sucedido bajo unos mismos patrones planetarios. 
  3. La astrología parece más interesante desde el objetivo de conocerse a uno mismo que desde la pretensión de adivinar nuestro porvenir. La astrología nos ofrece soluciones a problemas y a comportamientos que no deseamos seguir teniendo; nos abre caminos cuya existencia no habíamos contemplado. Por lo que pude comprobar ayer, en este punto es tremendamente exacta. 

De momento dejaré el tema astrológico algo apartado, porque entre el reiki y la PNL voy más que servida. Pero lo retomaré en un futuro, porque me parece un tema muy interesante (y, todo hay que decirlo, sobre el que, creo, recaen muchas críticas y falacias producto del desconocimiento).

¡Hasta más ver!

dissabte, 22 de gener del 2011

La importancia de agradecer II

¿Os acordáis de que, hace unas semanas, escribí sobre lo que es el Reiki? En aquella misma entrada expuse mi deseo de comenzar un curso de esta terapia natural. Pues bien: dicho y hecho. Ayer fue la primera sesión y el lunes será la segunda y última. Después de diez horas de formación tendré el nivel uno de Reiki, lo que implica que deberé estar capacitada para canalizar la energía universal y transmitirla a otras personas a nivel físico. Me entusiasman las aplicaciones de esta disciplina tan desconocida, y mi mente ya piensa en cursar los niveles dos y tres en cuanto reúna la suficiente práctica en el uno.

El Reiki se sustenta sobre cinco principios:
  1. Sólo por hoy no te preocupes.
  2. Sólo por hoy no te enfades.
  3. Sólo por hoy honra a tus padres, maestros y mayores.
  4. Sólo por hoy gánate la vida honradamente.
  5. Sólo por hoy demuestra tu gratitud hacia todo ser vivo.
Cuando la profesora nos los presentó en el curso, se detuvo, en especial, en el último. Ya publiqué alguna vez sobre la importancia del agradecimiento, y ahora voy a volver a hacerlo porque me parece una costumbre que tenemos, en general, muy desatendida. Las palabras de la profesora resonaron en mi interior y, aunque he cumplido la rutina de escribir cada día cinco hechos de mi vida por los que estoy agradecida, me di cuenta de que no soy profundamente consciente de todo por lo que tengo que dar las gracias.

Solemos dar por hecho que todo lo que tenemos, todo lo que somos, son derechos consustanciales a la vida. La cama en la que dormimos todas las noches, la calefacción que nos abriga en casa, los platos de comida que engullimos día tras día, una salud más o menos correcta, unas amistades relativamente fieles... Son cosas que siempre han estado ahí y, si han llegado hace poco, el proceso de valoración hacia ellas no dura mucho: en seguida nos acostumbramos a su presencia y pasamos a considerarlo normal.

No nos damos cuenta de que todo lo que tenemos son regalos que nos da la vida. No sé si hemos elegido o no nacer donde hemos nacido (¿quién puede afirmar que no es así?), pero deberíamos agradecer hasta el hecho de haber venido a este mundo. Nos conviene valorar lo que tenemos y no esperar a perderlo para pensar lo bueno que había sido. Cuando nos valoramos a nosotros mismos, cuando valoramos la vida, podemos cuidar nuestra salud, tanto la física como la mental o la espiritual. No aguardamos, pues, a ponernos enfermos o a caer en un bucle depresivo para lamentarnos por nuestra óptima antigua situación y pensar en lo bien que estaríamos si la hubiéramos sabido mantener o mejorar. 
Hace algunos días fui a la piscina de mi pueblo. Hace poco que han abierto unos vestuarios nuevos, que ahora se usan cuando con los antiguos no es suficiente. Aquel día era domingo y, debido a la poca gente que estaba acudiendo a nadar, solamente abrieron los vestuarios viejos. Mientras yo estaba pagando, una mujer se encaminó hacia los nuevos. La chica de la recepción la detuvo, informándole de que ésos estaban cerrados. La mujer se quejó entre dientes y, una vez dentro del vestuario antiguo, se desahogó conmigo diciéndome que había "una gran diferencia entre los vestuarios", y que éstos deberían cerrarlos ya "porque las duchas no van" y "dan vergüenza". En primer lugar, las duchas funcionan perfectamente y la única diferencia entre los vestuarios es que unos están más desgastados que los otros. En segundo lugar, no pude evitar pensar que aquella mujer era incapaz de agradecer que, al menos, tenía un lugar en el que ducharse y que lo podía hacer todos los días, privilegio que la mayoría de habitantes de este planeta no tienen.
También creo que es importante agradecer a la vida por los amigos que tenemos. La amistad que nos brindan no es, en ningún caso, mérito nuestro: es mérito suyo, por saber dar y recibir amistad. Nuestros amigos nos dedican su tiempo porque quieren: ¿acaso no es eso de agradecer? Es algo muy grande que una persona esté contigo en lugar de trabajando para ganar dinero para sí mismo o relajándose en su casa. Y pocas veces demostramos a nuestros amigos que les queremos y que, aunque no lo sepamos conscientemente, les agradecemos que estén a nuestro lado.

La vida, y todo lo que hay en ella, es un privilegio que tenemos y que merecemos. Pero no basta con merecerlo: debemos ganárnoslo y hacernos dignos de él. Un asesino merece la vida, pero no será digno de ella hasta que sus actos viren hacia la bondad y el altruismo. Del mismo modo, alguien que fuma dos paquetes de tabaco al día merece tener salud, pero no es digno de ella, y quien desprecia o ignora a su familia se merece que le quieran, pero no se ha hecho digno de ese amor.

Aunque tardemos en ver sus frutos, un acto tan sencillo como el de agradecer con conciencia y sintiéndolo en profundidad puede obrar cambios realmente significativos en nuestra forma de ver la vida y de valorar lo que ésta nos regala.

diumenge, 19 de desembre del 2010

El monje que vendió su ferrari



Admito que eran muchas mis reticencias a leer este libro. Por lo general, desconfío de los best-seller, traten la temática que traten. Mis ganas de leer una obra literaria menguan cuanto la prensa y la masa social más se encargan de ensalzarla y publicitarla. En fin, prejuicios que, quizá, debería perfilar, dado que en este caso me han fallado.

Encontré este pequeño librito en la mesa del comedor de casa de mi padre. Andamos en periodo de exámenes y de entrega de trabajos y, la verdad, cualquier distracción me sirve de excusa para no ponerme a la faena. Así que tomé el cuaderno entre mis manos, esperando que dos páginas fueran suficientes para convencerme de que era más productivo coger los apuntes de la carrera y memorizarlos con todos sus puntos y comas.

Si bien los primeros párrafos no me aportaron nada nuevo, algo me impulsó a seguir leyendo. La historia que este libro cuenta es la de Julián, un abogado exitoso que, sin embargo, está vacío interiormente. Un ataque cardíaco que casi acaba con su vida le hace desaparecer del mapa: John, uno de sus compañeros de trabajo y narrador en primera persona, le pierde la pista.

Pasan tres años y Julián reaparece para visitar a John. A partir de entonces, se abre un diálogo entre ambos personajes en el que Julián instruye a John sobre todo lo que ha aprendido durante esos años en los que ha convivido con los Sabios de Sivana, en la India.

A través de las siete virtudes para una vida rebosante de paz, Julián muestra a John el camino del desarrollo personal. John es la encarnación de aquellas personas que siguen el flujo de una vida lineal, superficial y material, y que no creen en la transformación del cambio personal porque sus creencias se lo impiden. Sin embargo, a través de unos sencillos consejos llenos de autenticidad y revelación, John acaba confiando en las palabras de su amigo y se entusiasma con la perspectiva de crecer en todas las áreas de su vida.

El monje que vendió su ferrari es un libro imprescindible para todo aquel que, como John, no se haya iniciado todavía en el autoconocimiento personal y el desarrollo de su yo. Sus 209 páginas condensan las principales ideas, tan sencillas como poderosas, que uno debe tener en cuenta para empezar el apasionante camino del crecimiento personal. Por si fuera poco, en el libro se explican algunas técnicas básicas para saborear, en poco tiempo, un poquito de ese dominio mental, espiritual y emocional del que la gran mayoría carecemos.

Las siete virtudes de las que habla Robin Sharma, el autor del libro, son, en esencia, las siguientes:

1. La dominación de la mente: la calidad de tu vida viene determinada por la calidad de tus pensamientos. Somos creadores y responsables de todo lo que ocurre en nuestra vida.
2. La persecución de los objetivos: el propósito de la vida es una vida con propósito. ¿Cómo sabemos si hemos llegado si no sabemos adónde vamos?
3. El poder de la reflexión: pensar acerca de nosotros mismos, conocernos, reflexionar cada día, atrevernos a cambiar de hábitos, practicar la flexibilidad.
4. La disciplina.
5. El respeto del tiempo propio: dejar de vivir de forma acelerada, disfrutar del momento. Debemos aprender a gestionar nuestro tiempo, a priorizar.
6. El servicio a los demás:  elevando la vida de los demás, la vida propia alcanza las más altas dimensiones.
7. La conciencia del momento presente: el secreto de la felicidad es vivir el presente, ser conscientes de que somos capaces de cultivar nuestro futuro.


Todos estamos aquí por una razón especial. Deja de ser un prisionero de tu pasado: conviértete en arquitecto de tu futuro. (Robin Sharma)

En resumen, una lectura imprescindible para quienes quieran adentrarse en el mundo del desarrollo personal (además de una oportunidad para reflexionar acerca de mis prejuicios...).

dimarts, 30 de novembre del 2010

La Programación Neurolingüística

Conocí la Programación Neurolingüística hace poco más de un año. Bueno, en realidad eso no es del todo cierto. La primera vez que oí sobre la Programación Neurolingüística (PNL) fue hace unos diez años, cuando mi madre se apuntó a un curso que le ocupaba un fin de semana al mes y en el que, según me dijo, iba a aprender técnicas de hipnosis (algo que, para mí en esa época, sonaba fascinante, y que ahora he podido corroborar que lo es). Ella quedó impresionada con la formación y, cuando me hice más mayor, me recomendó encarecidamente que yo también la siguiera. Actualmente estoy cursando el segundo curso de PNL (el primero fue el Practitioner; éste, el Master) en l'Escola de Vida, con la fantástica profesora María Clavel.

Siempre aconsejaré a cualquier persona los cursos de PNL o, al menos, la lectura de libros que desarrollen sus enseñanzas. De hecho, si yo fuera ministra de educación ordenaría la creación de una asignatura en el colegio o en el instituto que se dedicara a enseñar PNL. Si el primer curso ya me ayudó a crecer personalmente y a cambiar mi visión del mundo que me rodea, el segundo está suponiendo para mí una auténtica revelación. La PNL es un arte que aglutina muchísimas vertientes de la vida: la comunicación, la educación, la autoestima... y la vida misma. La PNL enseña a vivir conscientemente y con excelencia.



¿Y qué es la PNL? 

    La PNL puede definirse de múltiples maneras. Esta descripción lo hace muy adecuadamente:

    La PNL es el estudio de la estructura de la experiencia subjetiva.

    ¿Qué quiere decir eso? Voy a explicarlo por fases. Empezaré diciéndoos que la PNL se asienta sobre algunas presuposiciones que describen cómo nos comunicamos y nos capacitan para practicar el modelo de comunicación penelístico. Algunas de las presuposiciones son éstas:

    • La naturaleza del universo es el cambio.
    • Nuestras conductas siempre tienen una intención positiva.
    • Las personas siempre realizan la mejor elección posible en el momento de su decisión y para ello se basan en los recursos entonces disponibles.
    • El mapa no es el territorio. Nuestra representación interna del mundo no es el mundo mismo, sino únicamente una representación reducida. Actuamos basándonos no en lo que nos ocurre, sino en nuestra percepción de lo que nos ocurre. Cada persona desarrolla su propio mapa a partir de lo que interpreta de lo que sucede.
    No hay hechos, sólo interpretaciones. (Nietzsche)
    • No existe nada bueno ni malo intrínsecamente, es el pensamiento el que lo hace tal. 
    • Es imposible no comunicarse.
    • El 93% de la comunicación es no verbal.
    • Nos comunicamos desde dos niveles: consciente e inconsciente.
    • La resistencia del otro para comprendernos indica nuestra inflexibilidad como comunicadores. La flexibilidad es indispensable para sentirse seguro en las relaciones.
    • Cada uno está a cargo de su mente y, por tanto, de sus resultados.
    La experiencia subjetiva de la que hablaba antes es la percepción que cada uno de nosotros tiene del mundo. La PNL ayuda a quien la practica a ampliar su visión del mundo, a aumentar sus niveles de percepción y a establecer más conexiones neuronales que faciliten el pensamiento y la agilidad mental. 
    Un mapa no es el territorio que representa, pero cuanto más rica y correcta sea esta representación su estructura se asemejará más al territorio y éste nos mostrará más opciones para movernos en él. (Alfred Korzybski)
    Asimismo, la PNL estudia la estructura del lenguaje y la manera en que lo utilizamos para comunicarnos con los demás y con nosotros mismos. Para ello utiliza herramientas como el metamodelo del lenguaje (del que hablaré en posteriores entradas) y las submodalidades, que son maneras preferidas por los hablantes para comunicarse y que dan información sobre qué canal perceptivo explotan más: el visual, el auditivo o el cinestésico.

    Para entender mejor las diferentes funciones de la PNL, dividiré el término en sus partes y adjuntaré sus respectivas explicaciones:

    1. Programación: se refiere a nuestros hábitos y pautas de comportamiento. Nuestros programas se configuran por patrones de pensamiento y conducta en los que influyen nuestras creencias y valores. Dependiendo de nuestros programas obtendremos unos u otros resultados. La PNL reprograma nuestra mente para alcanzar el éxito en cualquier objetivo que nos propongamos.
    2. Neuro: hace referencia a nuestra neurología, a nuestros sentidos y a la forma en la que los utilizamos. La PNL propone un incremento de la conciencia sobre nuestro sistema neurológico para que podamos gestionar mejor la manera en que la información del territorio llega a nosotros y queda archivada en nuestra memoria.
    3. Lingüística: la forma en que utilizamos el lenguaje es muy importante, más de lo que podamos creer a veces. La PNL se centra en gran medida en aumentar la conciencia sobre las palabras que empleamos para describir nuestra experiencia subjetiva. Además, observando el lenguaje de las personas podemos obtener información muy valiosa sobre sus procesos de pensamiento y sobre sus creencias, valores y comportamientos habituales.
    Los fallos de la comunicación suelen producirse porque las palabras tienen distintos significados para las distintas personas.
    Aunque la PNL es una disciplina que lleva desarrollándose casi cuarenta años, ha sido en los últimos cuando ha adquirido mayor reconocimiento y prestigio. Un curso de PNL en el currículum supone un valor añadido a cualquier carrera. Las empresas contratan a formadores de PNL para aumentar el rendimiento de sus empleados y dotarles de herramientas más eficaces de comunicación. Y, sobre todo, muchísimas personas interesadas en el desarrollo personal acuden a la PNL para mejorar sus habilidades sociales, comunicativas, financieras... y de todo tipo.

    La PNL te hace consciente de que eres el responsable de TODO lo que sucede en tu vida. Ésta es una información que mucha gente preferiría no saber, ya que en cuanto saben esto la queja y el echar la culpa a los demás deja de tener sentido. Sin embargo, con el tiempo es liberador: significa que dispones de todas las herramientas para cambiar, porque no dependes de circunstancias externas. Tú eres quien evalúa, gestiona y soluciona cualquier situación, y ya que lo vas a hacer de todas formas, ¿por qué no conscientemente?

    Son tus decisiones, y no tus circunstancias, las que determinan tu propio destino. (Anthony Robbins)

    Para acabar, un vídeo que ayuda a comprender un poco más qué es esto de la PNL (apunto que no estoy del todo de acuerdo con lo que dice Elvira García, la protagonista del documento, sobre que la PNL es un "sistema terapéutico": no es sólo eso).



    Iré escribiendo más sobre PNL, porque sé que es un modelo magnífico para guiar nuestras vidas y mantenernos en el camino de la mejora constante. Además, es muy divertida y útil y, aprendiéndola, puedes conseguir que la vida sea una aventura y un descubrimiento continuo.

    Hasta la próxima!


    diumenge, 31 d’octubre del 2010

    Conciencia


    Conciencia: voz interior que nos avisa que alguien puede estar mirando. (H.L. Mencken)
    ¿“Consciencia” o “conciencia”? Ambos vocablos provienen del latín conscientia (literalmente, “con ciencia”, con conocimiento), pero hay algunas diferencias en cuanto a sus usos y significados. Estas diferencias dependen, también, del contexto y de las fuentes consultadas. Por ejemplo, al consultar “consciencia” en la Real Academia Española, ésta la equipara a “conciencia” y añade dos acepciones más: 

    2. f. Conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones.
    3. f. Capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento.

    En cuanto a “conciencia” sin s, la RAE apunta lo siguiente:

    1. f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta.
    2. f. Conocimiento interior del bien y del mal.
    3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas.
    4. f. Actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto.

    El psicólogo Peter Wrycza resume la ligera distinción entre ambos conceptos en su libro “Darse cuenta”: “Por <<conciencia>> nos referimos a lo que en inglés se llama <<awareness>>, es decir, <<darse cuenta, tener conciencia de lo que sucede>> (más específicamente, <<darse cuenta de lo que nos damos cuenta>>); y por <<consciencia>>, en inglés <<consciousness>>, a la actividad cognitiva que implica una participación consciente y cognitiva de la mente. La <<consciencia>> está más relacionada con el raciocinio y el pensamiento lógico; la <<conciencia>>, en cambio, no implica actividad racional y es más intuitiva>>”. 

    En los libros y cursos de desarrollo personal estos términos se intercambian frecuentemente, aunque los autores y formadores prefieren utilizar “conciencia” por lo explicado en el párrafo anterior. Como podemos leer en la tercera acepción de la RAE para “consciencia”, la persona hace uso de esta capacidad para “juzgar”, para juzgarse; la “conciencia”, sin embargo, no valora, sino que contempla y siente. Cuando ponemos en marcha la conciencia, la mente se vacía y deja de emitir juicios de valor. Las ideas preconcebidas y los prejuicios desaparecen y nos limitamos a recibir todo aquello que captan nuestros sentidos, por sutil que sea. 

    [En este bitácora diferenciaré entre "conciencia" y "consciencia". "Conciencia" será la que más utilizaré, debido a la temática que voy a tratar en este espacio -el desarrollo personal en diversos de sus ámbitos-. El adjetivo correspondiente a ambos términos es "consciente", con s, hecho que no significa que esté refiriéndome a la palabra "consciencia" sino que puede remitir a cualquiera de las dos, dependiendo del contexto].

    Las personas no solemos practicar el estado de conciencia, y cuando lo hacemos no es conscientemente. La conciencia se manifiesta en tu vida cuando, por ejemplo, estás aprendiendo a conducir un coche y tienes los cinco sentidos concentrados en la causa: la vista no se desvía de la carretera, el oído atiende a las explicaciones del profesor… También aparece el estado consciente cuando te encuentras en medio de un examen en el que te juegas todo un curso: las manos notan, mediante el tacto, la textura rugosa del papel, y el gusto reconoce el sabor agrio de la boca reseca por los nervios. Es en esos momentos cuando la conciencia está a flor de piel: estás prestando atención a algo concreto y, a la vez, captas cualquier estímulo externo porque tienes los sentidos abiertos. 

    Debemos distinguir, también, entre ser consciente de lo que ocurre fuera de nosotros (acontecimientos externos) y ser consciente de lo que se mueve en nuestro interior (sensaciones, emociones: algo así como tener los sentidos vueltos hacia dentro). Ambas clases de estados implican una conexión profunda con el interior de uno, independientemente de hacia dónde fijemos nuestra atención. 

    La clave está en mantenerte permanentemente en un estado de conexión con tu cuerpo interno, sentirlo en todo momento. (Eckhart Tolle).

    Además de los momentos de conciencia descritos anteriormente, hay muchos más en los que experimentamos estados conscientes más o menos profundos, y cada persona posee unos. Aquí van algunos entre los que, a lo mejor, puedas reconocer los tuyos:

    1. Cuando saboreas tu plato favorito.
    2. Cuando vas en bicicleta y notas el aire entrando y saliendo por tus fosas nasales, sientes la calidez del sol y oyes el sonido de la primavera. 
    3. Cuando nadas en la playa y sólo parecéis existir tú y el agua que roza cada célula de tu piel.
    4. Cuando besas a la persona que amas y tus pensamientos se diluyen, y te dedicas a sentir el beso y las caricias mutuas. 
    5. Cuando, en mitad de la clase de un profesor aburrido, te quedas como ausente. Tus músculos se relajan y los contenidos de tu cabeza se emborronan. Estás contigo mismo, sintiendo únicamente tu interior, pero si el profesor te llama la atención vuelves a tu estado natural en seguida. 
    6. Cuando llegas a lo alto de una montaña y te paras unos minutos a contemplar la belleza del paisaje, disfrutándolo sin juzgarlo. 
    El estado de conciencia puede igualarse a “dejar de pensar”, “dejar la mente en blanco” o “meditar”. Está al alcance de todos -y de hecho lo alcanzamos sin darnos cuenta, como “por casualidad”-. En el estado de conciencia profunda sintonizamos con la esencia de nuestro ser y todo lo que nos rodea se torna alegre y positivo. Cuando somos plenamente conscientes de nuestro cuerpo y de nuestro entorno comprendemos el significado de la belleza, de la felicidad, de la libertad y de cualquier valor. Es posible que alguna vez hayas experimentado una sensación  indescriptible e irreprimible, una euforia enérgica que casi puedes ver cómo fluye desde ti hacia fuera. Y es posible que, entonces, hayas pensado: “Esto es la felicidad”. En esos momentos la conciencia es absoluta: te reconoces como ser humano, te aceptas con todos tus defectos y estás abierto a recibir todo lo magnífico que hay en el mundo.



     Algunos meses atrás, tras conocer a Eckhart Tolle y estudiar sus libros, me levanté y de repente lo supe: comprendí que el pensamiento es sólo algo ilusorio y que es responsable, si no de todo, de la mayoría de lo que sufrimos y experimentamos. Luego sentí que estaba contemplando mis pensamientos desde una perspectiva diferente, y me pregunté: "¿qué es esto? Qué raro es lo que me está pasando". Y de repente fui lanzado a este extraordinario y grandioso sentimiento de libertad de mí mismo, de mis problemas... Comprendí que soy más grande que lo que hago, más grande que mi cuerpo… que soy todo y todos. Que no soy un frragmento del universo, sino que soy el universo. Y desde ese día estoy intentando volver ahí. Viene y va... Es como surfear: las olas vienen, las olas van. Pero al menos sé que quiero ir y que quiero llevar a todas las personas que pueda conmigo, porque la sensación es maravillosa.

    Esos estados duran segundos, minutos en el mejor de los casos. Muchas personas no los viven ni una vez en sus vidas. La mayoría de nosotros concebimos la vida como una carrera, y nos obcecamos en conseguir la medalla de oro. Nos fijamos un objetivo detrás de otro y pensamos que seremos felices y exitosos en cuanto los consigamos: “Cuando acabe la carrera, todo me irá bien”, “cuando consiga ligarme a X, mis autoestima subirá como la espuma y dejaré de tener preocupaciones”. No nos damos cuenta de que al final de la carrera de la vida sólo hay un premio, y ese premio es la muerte. La vida, en realidad, no es una carrera sino un camino, y ser conscientes nos ayuda a disfrutar del proceso en lugar de obsesionarnos con la recompensa. Mientras gastamos energías en anhelar algo que está por llegar –o, a veces, en recordar lo pasado, torturándonos por no haber actuado de forma diferente-, nos perdemos la belleza del entorno: los colores, los olores, las formas, la música de cada sonido… Ser conscientes nos ayuda a disfrutar de todo esto: nos da las claves para apreciar cada instante y cada átomo del universo. 

    A menos que haya una revolución universal en la esfera de la conciencia del hombre, nada mejorará nuestra existecia humana, y la catástrofe a la que se encamina este mundo será ineludible. (Václav Havel, presidente de la República Checa)