Cada segundo que vivimos es un momento nuevo y único del universo, un momento que jamás volverá... ¿Y qué es lo que enseñamos a nuestros hijos? Pues les enseñamos que dos y dos son cuatro, que París es la capital de Francia. ¿Cuándo les enseñaremos, además, lo que son? A cada uno de ellos deberíamos decirle: ¿Sabes lo que eres? Eres una maravilla. Eres único. Nunca antes ha habido ningún otro niño como tú. Con tus piernas, con tus brazos, con la habilidad de tus dedos, con tu manera de moverte. Quizá llegues a ser un Shakespeare, un Miguel Ángel, un Beethoven. Tienes todas las capacidades. Sí, eres una maravilla. Y cuando crezcas, ¿serás capaz de hacer daño a otro que es, como tú, una maravilla? Debes trabajar -como todos debemos trabajar- para hacer el mundo digno de tus hijos.
Pau Casals
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dimarts, 25 de gener del 2011
dissabte, 22 de gener del 2011
La importancia de agradecer II
¿Os acordáis de que, hace unas semanas, escribí sobre lo que es el Reiki? En aquella misma entrada expuse mi deseo de comenzar un curso de esta terapia natural. Pues bien: dicho y hecho. Ayer fue la primera sesión y el lunes será la segunda y última. Después de diez horas de formación tendré el nivel uno de Reiki, lo que implica que deberé estar capacitada para canalizar la energía universal y transmitirla a otras personas a nivel físico. Me entusiasman las aplicaciones de esta disciplina tan desconocida, y mi mente ya piensa en cursar los niveles dos y tres en cuanto reúna la suficiente práctica en el uno.
El Reiki se sustenta sobre cinco principios:
Solemos dar por hecho que todo lo que tenemos, todo lo que somos, son derechos consustanciales a la vida. La cama en la que dormimos todas las noches, la calefacción que nos abriga en casa, los platos de comida que engullimos día tras día, una salud más o menos correcta, unas amistades relativamente fieles... Son cosas que siempre han estado ahí y, si han llegado hace poco, el proceso de valoración hacia ellas no dura mucho: en seguida nos acostumbramos a su presencia y pasamos a considerarlo normal.
No nos damos cuenta de que todo lo que tenemos son regalos que nos da la vida. No sé si hemos elegido o no nacer donde hemos nacido (¿quién puede afirmar que no es así?), pero deberíamos agradecer hasta el hecho de haber venido a este mundo. Nos conviene valorar lo que tenemos y no esperar a perderlo para pensar lo bueno que había sido. Cuando nos valoramos a nosotros mismos, cuando valoramos la vida, podemos cuidar nuestra salud, tanto la física como la mental o la espiritual. No aguardamos, pues, a ponernos enfermos o a caer en un bucle depresivo para lamentarnos por nuestra óptima antigua situación y pensar en lo bien que estaríamos si la hubiéramos sabido mantener o mejorar.
La vida, y todo lo que hay en ella, es un privilegio que tenemos y que merecemos. Pero no basta con merecerlo: debemos ganárnoslo y hacernos dignos de él. Un asesino merece la vida, pero no será digno de ella hasta que sus actos viren hacia la bondad y el altruismo. Del mismo modo, alguien que fuma dos paquetes de tabaco al día merece tener salud, pero no es digno de ella, y quien desprecia o ignora a su familia se merece que le quieran, pero no se ha hecho digno de ese amor.
Aunque tardemos en ver sus frutos, un acto tan sencillo como el de agradecer con conciencia y sintiéndolo en profundidad puede obrar cambios realmente significativos en nuestra forma de ver la vida y de valorar lo que ésta nos regala.
El Reiki se sustenta sobre cinco principios:
- Sólo por hoy no te preocupes.
- Sólo por hoy no te enfades.
- Sólo por hoy honra a tus padres, maestros y mayores.
- Sólo por hoy gánate la vida honradamente.
- Sólo por hoy demuestra tu gratitud hacia todo ser vivo.
Solemos dar por hecho que todo lo que tenemos, todo lo que somos, son derechos consustanciales a la vida. La cama en la que dormimos todas las noches, la calefacción que nos abriga en casa, los platos de comida que engullimos día tras día, una salud más o menos correcta, unas amistades relativamente fieles... Son cosas que siempre han estado ahí y, si han llegado hace poco, el proceso de valoración hacia ellas no dura mucho: en seguida nos acostumbramos a su presencia y pasamos a considerarlo normal.
No nos damos cuenta de que todo lo que tenemos son regalos que nos da la vida. No sé si hemos elegido o no nacer donde hemos nacido (¿quién puede afirmar que no es así?), pero deberíamos agradecer hasta el hecho de haber venido a este mundo. Nos conviene valorar lo que tenemos y no esperar a perderlo para pensar lo bueno que había sido. Cuando nos valoramos a nosotros mismos, cuando valoramos la vida, podemos cuidar nuestra salud, tanto la física como la mental o la espiritual. No aguardamos, pues, a ponernos enfermos o a caer en un bucle depresivo para lamentarnos por nuestra óptima antigua situación y pensar en lo bien que estaríamos si la hubiéramos sabido mantener o mejorar.
Hace algunos días fui a la piscina de mi pueblo. Hace poco que han abierto unos vestuarios nuevos, que ahora se usan cuando con los antiguos no es suficiente. Aquel día era domingo y, debido a la poca gente que estaba acudiendo a nadar, solamente abrieron los vestuarios viejos. Mientras yo estaba pagando, una mujer se encaminó hacia los nuevos. La chica de la recepción la detuvo, informándole de que ésos estaban cerrados. La mujer se quejó entre dientes y, una vez dentro del vestuario antiguo, se desahogó conmigo diciéndome que había "una gran diferencia entre los vestuarios", y que éstos deberían cerrarlos ya "porque las duchas no van" y "dan vergüenza". En primer lugar, las duchas funcionan perfectamente y la única diferencia entre los vestuarios es que unos están más desgastados que los otros. En segundo lugar, no pude evitar pensar que aquella mujer era incapaz de agradecer que, al menos, tenía un lugar en el que ducharse y que lo podía hacer todos los días, privilegio que la mayoría de habitantes de este planeta no tienen.También creo que es importante agradecer a la vida por los amigos que tenemos. La amistad que nos brindan no es, en ningún caso, mérito nuestro: es mérito suyo, por saber dar y recibir amistad. Nuestros amigos nos dedican su tiempo porque quieren: ¿acaso no es eso de agradecer? Es algo muy grande que una persona esté contigo en lugar de trabajando para ganar dinero para sí mismo o relajándose en su casa. Y pocas veces demostramos a nuestros amigos que les queremos y que, aunque no lo sepamos conscientemente, les agradecemos que estén a nuestro lado.
La vida, y todo lo que hay en ella, es un privilegio que tenemos y que merecemos. Pero no basta con merecerlo: debemos ganárnoslo y hacernos dignos de él. Un asesino merece la vida, pero no será digno de ella hasta que sus actos viren hacia la bondad y el altruismo. Del mismo modo, alguien que fuma dos paquetes de tabaco al día merece tener salud, pero no es digno de ella, y quien desprecia o ignora a su familia se merece que le quieran, pero no se ha hecho digno de ese amor.
Aunque tardemos en ver sus frutos, un acto tan sencillo como el de agradecer con conciencia y sintiéndolo en profundidad puede obrar cambios realmente significativos en nuestra forma de ver la vida y de valorar lo que ésta nos regala.
dimarts, 23 de novembre del 2010
La importancia de agradecer
Recuerdo cuando era pequeña y deseaba ser mayor. Tenía ansias por crecer, ser independiente y hacer lo que me diera la gana sin dar explicaciones a nadie. Veía a los mayores como seres libres y despreocupados, que conducían su vida como les placía.
Mi momento de crecer y de ser adulta llegó hace ya unos años, aunque no ha sido hasta hace algunos meses cuando he comenzado a experimentarlo más intensamente. Me he ido a vivir a una casa en la que no están ni mi madre ni mi padre, así que me he convertido en la encargada de una serie de tareas que antes ni olía: ahora cocino, limpio y me pago mis caprichos (para lo cual he tenido que trabajar, ahorrar y seguir trabajando ahora, de vez en cuando). Estoy segura de que no es casualidad que, desde hace unas semanas, eche de menos mi infancia y todo lo que ésta comportaba.
Añoro la despreocupación (sí, la misma que se suponía que caracterizaba a los adultos), la falta de obligaciones y de planificación, el delegar cada decisión en mis padres... Por otra parte, me recrimino inconscientemente no haber sabido valorar del todo la infancia cuando la estaba atravesando. Aunque sé que es difícil, me habría gustado ser más consciente, en ese momento, de que estaba pasando por una etapa dulce y que nunca volvería.
Entonces... ¿no me convendría ser consciente ahora de lo que estoy viviendo? ¿No sería bueno para mí vivir el presente, sin echar de menos lo pasado ni anhelar un futuro todavía incierto? Está claro que no puedo volver a ser una niña y, con lo que sé ahora, volver a vivir mi infancia de manera, si no más plena, más consciente. Sin embargo, sí que puedo aprender a disfrutar totalmente de mi vida presente: puedo aprender a valorar lo que tengo en estos momentos.
Lo único que tenemos es el momento presente. Como me ha dicho hoy una amiga, momento presente, momento maravilloso. Es común en las personas valorar algo cuando ya ha pasado. Para mí, un gran ejemplo son los viajes. Cuando estoy viajando disfruto muchísimo de lo que veo y de lo que oigo, y me da igual recorrerme calles y calles sin apenas descansar: no noto el cansancio hasta que llego a casa, días después, y la fatiga acumulada me sobreviene. Viajar es, para mí, un placer insustituible. Sin embargo, me he dado cuenta de que el recuerdo de cada viaje es mucho más hermoso que la experiencia misma: ver fotos y rememorar anécdotas ocurridas durante ellos me hace valorar verdaderamente cada momento del periplo. Por lo general, pienso que valoramos más lo pasado, incluso lo futuro, que lo que nos ocupa en el presente.
Agradecer lo que tenemos ahora en lugar de machacarnos la cabeza echando de menos lo que ya sólo es recuerdo nos conecta con el presente y nos facilita la labor de valorar cada segundo de nuestra existencia.
Yo ya he comenzado a hacer los deberes. Mi lista de hoy, 23 de noviembre de 2010, es ésta:
Mi momento de crecer y de ser adulta llegó hace ya unos años, aunque no ha sido hasta hace algunos meses cuando he comenzado a experimentarlo más intensamente. Me he ido a vivir a una casa en la que no están ni mi madre ni mi padre, así que me he convertido en la encargada de una serie de tareas que antes ni olía: ahora cocino, limpio y me pago mis caprichos (para lo cual he tenido que trabajar, ahorrar y seguir trabajando ahora, de vez en cuando). Estoy segura de que no es casualidad que, desde hace unas semanas, eche de menos mi infancia y todo lo que ésta comportaba.
Añoro la despreocupación (sí, la misma que se suponía que caracterizaba a los adultos), la falta de obligaciones y de planificación, el delegar cada decisión en mis padres... Por otra parte, me recrimino inconscientemente no haber sabido valorar del todo la infancia cuando la estaba atravesando. Aunque sé que es difícil, me habría gustado ser más consciente, en ese momento, de que estaba pasando por una etapa dulce y que nunca volvería.
Entonces... ¿no me convendría ser consciente ahora de lo que estoy viviendo? ¿No sería bueno para mí vivir el presente, sin echar de menos lo pasado ni anhelar un futuro todavía incierto? Está claro que no puedo volver a ser una niña y, con lo que sé ahora, volver a vivir mi infancia de manera, si no más plena, más consciente. Sin embargo, sí que puedo aprender a disfrutar totalmente de mi vida presente: puedo aprender a valorar lo que tengo en estos momentos.
Los niños no tienen pasado ni futuro, por eso gozan del presente, cosa que rara vez nos ocurre a nosotros. (Jean de la Bruyère)Los humanos hemos adquirido la costumbre de perdernos en reflexiones sobre el pasado y de tramar planes para el futuro. Las más de las veces, incluso, no somos conscientes de que estamos dando vueltas una y otra vez a los mismos temas sin sacar conclusiones valiosas o enseñanzas útiles. Como dice la sentencia popular, lo hecho, hecho está: exprimir experiencias pasadas no sirve para nada si no obtenemos, con ello, una ganancia positiva (porque también hay ganancias negativas).
Lo único que tenemos es el momento presente. Como me ha dicho hoy una amiga, momento presente, momento maravilloso. Es común en las personas valorar algo cuando ya ha pasado. Para mí, un gran ejemplo son los viajes. Cuando estoy viajando disfruto muchísimo de lo que veo y de lo que oigo, y me da igual recorrerme calles y calles sin apenas descansar: no noto el cansancio hasta que llego a casa, días después, y la fatiga acumulada me sobreviene. Viajar es, para mí, un placer insustituible. Sin embargo, me he dado cuenta de que el recuerdo de cada viaje es mucho más hermoso que la experiencia misma: ver fotos y rememorar anécdotas ocurridas durante ellos me hace valorar verdaderamente cada momento del periplo. Por lo general, pienso que valoramos más lo pasado, incluso lo futuro, que lo que nos ocupa en el presente.
Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo. (Proverbio árabe)La mala noticia es que el camino para centrarse en el presente y valorar lo que tenemos no es ni rápido ni sencillo. La buena es que hay muchísimas maneras de emprenderlo y de llegar al final (si es que lo hay). Un ejercicio fácil, bonito y que nos ayuda a tomar conciencia es el siguiente:
- En una pequeña libreta que te guste, escribe cada día -o, al menos, cuatro días a la semana- cinco cosas que agradezcas. Pueden ser relativas tanto a ti mismo, como a los demás, como a la vida. Por ejemplo, puedes agradecerte a ti mismo haber aprobado un examen, o tener la capacidad para haberlo aprobado. También puedes agradecer a tu pareja el mensaje que te ha enviado para desearte los buenos días (recuerda que la libreta es para ti y nadie más va a leerla a menos que tú quieras, pero sólo el hecho de agradecer algo por escrito ya te hace más consciente y más hábil en la valoración). Por último, puedes agradecer a la vida el haber diseñado el árbol que te ha dado sombra esta tarde mientras esperabas a coger el autobús.
Agradecer lo que tenemos ahora en lugar de machacarnos la cabeza echando de menos lo que ya sólo es recuerdo nos conecta con el presente y nos facilita la labor de valorar cada segundo de nuestra existencia.
Yo ya he comenzado a hacer los deberes. Mi lista de hoy, 23 de noviembre de 2010, es ésta:
- Agradezco la libertad que me da vivir independiente.
- Agradezco tener amigos que cuentan conmigo cuando hacen planes.
- Agradezco poder estudiar una carrera.
- Agradezco tener dinero para poder comer cada día.
- Agradezco disponer de una bicicleta con la que poder desplazarme.
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